Revista Ágora: Relaciones Internacionales
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Más Allá del Bósforo. Un ejemplo de diplomacia

. 15/4/10
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Erick Viramontes*

En 1972, el presidente estadounidense Richard Nixon firmó un acuerdo de cooperación y defensa con Irán, con lo cuál, el Shá Mohamed Reza Pahlevi pasó a ser el principal aliado de Estados Unidos en el Golfo Árabe/Pérsico, situación que se mantuvo constante durante gran parte de la década de 1970. La amistad entre Estados Unidos e Irán llegó a su fin siete años después de firmado este acuerdo, cuando un movimiento nacionalista, cuyo liderazgo recayó en los islamistas chiitas encabezados por el Ayatolá Ruhollah Jomeini, derrocó al Shá. Después de este evento, la relevancia del golfo en la agenda estadounidense se incrementó abruptamente, de tal suerte que, en 1981, se instalaron las Rapid Deployment Joint Task Forces, mismas que, dos años después, se transformaron en el US Central Command, contingente militar que alcanzó enormes dimensiones con la operación Tormenta en el Desierto en 1991.

A partir de la extinción de la amenaza soviética a principios de los noventa, el despliegue militar de Estados Unidos en el golfo ha tenido como encomienda más importante el acabar con los regímenes que representan una amenaza regional a sus intereses. Después de haber invadido Iraq en 2003 y después de haber suprimido el régimen de Saddam Hussein, Estados Unidos convierte ahora a Irán en el centro de sus amenazas, a pesar de que una invasión a este país parece inviable en este momento y de que la aplicación de sanciones al mismo puede provocar una legitimación de la causa del gobierno en turno. ¿Qué es lo que explica, entonces, que Estados Unidos esté obsesionado con el asunto de Irán?

Además de que sus aliados en la región, Israel y Arabia Saudita, han presionado a Estados Unidos para que acabe de raíz con el proyecto nuclear de Irán, la obsesión de los norteamericanos con respecto a este tema obedece a una cuestión interna que tiene que ver con la situación del Partido Demócrata de cara a las elecciones intermedias que están por celebrarse en el país vecino del norte. Según un estudio del centro de investigación PEW de febrero de este año, aunque demócratas y republicanos están muy parejos en términos de popularidad, la preferencia de los electores hacia el partido que ahora ocupa la Casa Blanca se ha reducido, desde noviembre del 2009, de 48% a 45%, mientras que su rival, en el mismo período, ha incrementado su simpatía entre los votantes de un 40% a un 42%.

En los últimos meses, mas actores se han ido sumando a la tensión entre Estados Unidos e Irán, de entre ellos, además de Arabia Saudita, Israel y el bloque de países encargado de las negociaciones con el gobierno de Ahmadineyad en el marco de la OIEA, destacan Siria, Turquía y Brasil. Hace algunos días, el presidente sirio Bashar al-Assad anunció su respaldo al proyecto nuclear iraní, lo cuál revela su intención de formar una alianza regional que haga frente a Israel, en sincronía con lo anterior, la Cámara de Representantes en Estados Unidos, al calificar de genocidio la matanza de armenios por los turcos en 1915, ha enviado un mensaje a Erdoğan para que, en su carácter de mediador por excelencia, sea favorable a los intereses occidentales, de la misma manera, antes de la visita de Hillary Clinton a Brasil, el presidente Luis Inácio Lula da Silva se pronunció a favor del diálogo para resolver el conflicto con Irán y rechazó la intervención o la presión internacional como medios viables para salir de esta crisis.

Brasil, al igual que México, es miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, sin embargo, este país si es incluido en las discusiones más importantes a nivel mundial y es, sin duda alguna, un actor internacional imprescindible. La política exterior que ha ejercido Brasil en los últimos años ha sido acorde a su objetivo de lograr el liderazgo regional en América Latina y, mientras tanto, nuestro país, debido a su sometimiento lastimoso, es desplazado y se queda fuera de la mayoría de las negociaciones internacionales. ¿Será por lo anterior que el círculo calderonista no desperdicia los reflectores para despotricar y burlarse de forma visceral en contra del gobierno que encabeza Lula?

*El Colegio de México
eviramontes@colmex.mx

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Mirador. Autogol

. 12/4/10
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Para Lucy. Recupérate pronto. Te necesitamos.

El partido del sábado entre Real Madrid y Barcelona refleja perfectamente el estado de la política española. ¿A qué me refiero? Como dice San Agustín, “lo sé mientras no me lo pregunten”. Cualquier aficionado del Barça, con un mínimo de conocimiento y conciencia sobre la historia política de España y sin la necesidad de ser catalán entenderá lo que quiero decir y sabe a lo que me refiero, aunque no esté de acuerdo. El hincha del Madrid, con todo respeto, suele ser un poco más difíciles de concienciar. El sábado, la política de la sencillez pulverizó a la política de cartera en un partido de fútbol.

El Partido Popular (PP), bastión de la derecha española, se encuentra sumido en el más severo escándalo que haya brotado en España desde 1976. Fundando por un ex ministro del gobierno de Francisco Franco, Manuel Fraga Iribarne, el Partido Popular unificó a la derecha española: por un lado, a elementos con grandes vínculos (Fraga mismo) con el recién terminado régimen dictatorial para institucionalizar en un partido los supuestos básicos del franquismo; por otro, aglutinó en uno solo a los incipientes partidos liberales y demócratas cristianos fundados a la muerte del dictador.

La semana pasada, en el marco del veinteavo aniversario del nombramiento de José María Aznar como presidente del PP en una espléndida comida a orillas del Guadalquivir, en Sevilla, resurgió el clima de tensión que ronda desde hace más de un año en el partido fundado por Fraga. Y resurgió nada menos que de viva voz del ex presidente: “Los españoles no entenderían que el Partido Popular dejase de ser incompatible con la corrupción” (El País, 8-04-2010). Como bien apunta este diario, lo más significativo es que Aznar pronunció estas palabras frente a partidarios que se han visto envueltos en corruptelas, como el “Caso Naseiro”, un caso de financiación ilegal y de enriquecimiento ilícito por parte de diputados del PP justo tras la llegada de Aznar a la presidencia de su partido en 1990.

El “caso Gürtel”, que puede catalogarse como “Naseiro, segunda parte”, salió a la luz pública en febrero de 2009, cuando el juez Baltasar Garzón abrió una investigación contra un entramado de operaciones ilegales cuya cabecilla era el entonces empresario vinculado al Partido Popular, Francisco Correa (hoy tras las rejas), quien supuestamente se hacía llamar Don Vito y que fue, haciendo honor a su apodo, padrino de bodas de la hija del ex presidente José María Aznar. Los detenidos fueron acusados de cohecho, tráfico de influencias, blanqueo de capitales, fraude fiscal y asociación ilícita: una completa red de corrupción que se veía favorecida por contratos municipales en las Comunidades de Madrid, Valencia (por ahí salió salpicado el presidente de la Comunitat, Francisco Camps) y Galicia, para nutrirse de fondos de entidades públicas —se habla de decenas de millones de euros en cuentas de bancos suizos.

Por otro lado, el caso Gürtel resurgió puesto que Luis Bárcenas, senador por Cantabria y ex tesorero nacional del PP, según declaraciones del 6 de abril de agentes de la policía, se embolsó más de 1.3 millones de euros en Valencia. Dos días después, el 8, Bárcenas pidió su baja temporal del Partido junto con Jesús Merino, diputado por Segovia. En suma, toda una máquina corruptora. ¿Cómo repercutirá esto en las elecciones de 2012, cuando aún no se conoce a todos los implicados y cuando aún existen miles de documentos por revisar?

Por su parte, el juez Garzón, una figura cuya integridad y jurisprudencia características son conocidas en todo el mundo, entre otras cosas, por la orden de arresto que promovió en contra de Augusto Pinochet por crímenes contra la humanidad, ha sido víctima de tres querellas en su contra, la última de las cuales fue presentada el 25 de febrero de 2010 por Ignacio Peláez, abogado de otro empresario implicado en el Caso Gürtel. Garzón es acusado de haber autorizado el monitoreo de las conversaciones entre Peláez y su cliente en la cárcel, lo cual puede entenderse como delito de prevaricación (dictar a sabiendas una resolución injusta). Aún así, el delito de Garzón, si es que lo hay, no se compara en nada a la red de corruptelas operada por Don Vito con dinero público proveniente de alcaldías y Comunidades en que el Partido Popular tiene el poder.

**El sábado, desde un palco de honor del Santiago Bernabéu, un rostro atribulado contemplaba el dominio catalán en la cancha: los desequilibrios de Messi, la seguridad de Valdés, los sobrehumanos pases de Xavi, las piernas de gacela de Dani Alves y la elegancia de Guardiola. No. No era el rostro de Florentino Pérez o del Príncipe de Asturias. Era el rostro de José María Aznar, ex presidente del gobierno español.

[Sobre el autor: Rainer Matos Franco estudia la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México; también te puede interesar leer la entrada sobre "El radicalismo checheno".]

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Xicoténcatl 9. De la política exterior química del Senado

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Hay que andarse con tiento en eso de cantar victorias diplomáticas sobre otra nación, porque el cacareo puede deshacer lo que ha logrado hacer la diplomacia.
José Martí.

El Senado de la República ha tenido un papel importante en la política exterior de México desde el gobierno de Vicente Fox, pero más actualmente. El problema es que alrededor del 5% de los senadores y senadores (quizás más, es un cálculo a vuelo de pájaro), tienen experiencia internacionalista o son internacionalistas. Eso no quiere decir que no sepan de política exterior, pero su conocimiento entonces queda en un plano la mar de dudoso. Se ha demostrado en reiteradas ocasiones. Como ejemplo, sólo la presidenta y una de las secretarias de la Comisión de Relaciones Exteriores son internacionalistas, la otra secretaria ha sido dirigente empresarial y tiene todo el perfil de liderazgo empresarial con experiencia en foros internacionales. Serán un diez por ciento los integrantes de la Comisión que tienen o han tenido algún acercamiento o experiencia internacionalista, los demás al tanteo. La semana pasada en reunión de su comisión se discutió un asunto que venía de antes de la Semana Santa. Un Ingeniero Químico con posgrados en Química presentó con apoyo de la mayoría de los integrantes de la Comisión un exhorto dirigido al Jefe del Ejecutivo para que a su vez éste exhorte y pida la liberación de lo que el I.Q. llama “presos políticos”. En la reunión de la semana dos senadoras de la Comisión se opusieron a eso, después de que el embajador de Cuba en México hiciera la salvedad de que alguna intromisión del estilo pondría en juego la estabilidad de las relaciones con su país, sobre todo porque la piel cubana en ese sentido es bastante sensible y con razón. Explicaron la ex dirigente empresarial y la economista con estudios en relaciones internacionales, que un exhorto así golpearía las relaciones de nuestro país con Cuba, que además no son todavía tan fuertes como lo fueron cuando había un proyecto nacional al respecto. Ésa fue la piedra angular de la oposición de María de los Ángeles Moreno Uriegas (PRI). Yeidckol Polevnsky Gurwitz (PRD) habló de “imperialismo yanqui” y otros conceptos bastante demodé pero válidos en su racionalidad. Senadores fuera de la Comisión también dejaron claro el peligro de un exhorto así, sobre todo porque el que lo hace es el Senado de la República (de México), que en teoría no debería inmiscuirse hasta la cocina de una república hermana, al menos eso pasaba en la tradicional política exterior mexicana y era lo que distinguía a este país en un concierto internacional en el que no tenía mucho peso. Además, si se quieren inmiscuir en un asunto tan polémico es necesario que vean más allá de sus narices e investiguen con objetividad, consultando todas las fuentes externas posibles, no sólo los medios internacionales y nacionales (tan lamentables a veces como La Razón).

Dijo la internacionalista presidenta, el abogado cachorro del Escuadrón 201 (don Daniel Cosío Villegas diría que en ello basa este abogado su experiencia internacional, en que su padre fue miembro del mencionado escuadrón) y el Ingeniero Químico posgraduado, que querían ir a Cuba a reunirse con los grupos contrarios al gobierno para conocer la verdad. Es válido, aunque si una nación tiene relación con otra y quiere inmiscuirse en asuntos propios de ésta, al primero que debe consultar es al gobierno legítima y legalmente constituido, porque es él con el que tiene relación.
La Comisión de Relaciones Exteriores tiene integrantes centrífugos, como organización la aqueja el problema de no saber cómo dirigir los intereses de todos hacia el objetivo de ella. Unos van a un lado, otros a otro. Pero de las dos opositoras al exhorto es María de los Ángeles Moreno Uriegas la que tiene claro, incluso más que la presidenta; qué es lo que debe hacer la Comisión, cómo conducirse y de qué manera coadyuvar al mejoramiento de una política exterior descabezada y que hasta el momento no tiene paradero. La senadora Polevnsky está quizás motivada por dos cosas, el sesgo ideológico y la relación cordial que mantiene como ex dirigente empresarial con el gobierno de la República de Cuba, pero también tiene claro que como dice José Martí: “el cacareo puede terminar con el trabajo de una diplomacia”.

Asombra que la presidenta, antaño canciller exitosa (que mantuvo excelente relación con el gobierno de Cuba), y la secretaria internacionalista de la Comisión (egresada del ITAM) hayan apoyado un exhorto en los términos del presentado, del que la consecuencia final no será la vida o muerte de disidentes políticos o la libertad o prisión de éstos ciudadanos de otro país, sino que terminará dañando la relación de por sí en obra negra entre México y la mayor de las Antillas. Sin embargo no asombra del Ingenierio Químico hidrocálido, ni del Ingeniero Químico sinaloense con estudios de inglés isabelino, ni de la maestra de preescolar, ni del médico posgraduado, ni del abogado guanajuatense, menos del cachorro del 201, del maestro de Geografía, o del viejo dirigente de la CNOP y la FSTSE.


De Jamaica, de Chía y de Horchata.
No se equivocó Ernesto Zedillo al elegir a Rosario Green Macías como Secretaria de Relaciones Exteriores, al parecer se equivocó el Senado de la República al no elegir a María de los Ángeles Moreno Uriegas como presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores. Su análisis en este asunto ha sido claro, el objetivo es salvaguardar lo que queda de las relaciones internacionales de este país y no torpedearlas. Reconocimiento para ella. Lo digo de jamaica… y es de jamaica.

Jaime H. Colorado.
Abril 11, 2010.

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De las contradicciones entre la tradición y la modernidad: a 31 años de la revolución islámica iraní

. 10/4/10
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Algún incauto analista predijo hace algunos años el fin de la historia; parecía que con la caída del régimen socialista de la otrora superpotencia soviética el liberalismo democrático y capitalista extendería sus redes por el mundo entero. No es que quiera yo abusar de mi posición de observador externo y atemporal; es por ello que no intentaré desmentir esta aseveración “ingenua” con acontecimientos como la Guerra del Golfo, el desarrollo del terrorismo, el genocidio en Ruanda o el desastre kosovar. Si aquél incauto escritor se hubiera desprendido de su sesgo occidental, se habría dado cuenta que, el 1 de abril de hace 31 años, se dio un rompimiento radical en las relaciones del “mundo desarrollado” y el resto de las civilizaciones, con lo que la historia no finalizaba, sino que cerraba un ciclo y abría uno nuevo: se proclamó la República Islámica de Irán.

Se trató de una revolución conservadora, dogmática, tiránica y fundamentalista; aunque propiamente no fue el primer intento contemporáneo de regresar a las raíces del islamismo (pues el reino wahabí de Arabia Saudita se estableció desde 1932, y la alianza misma entre altar y trono desde el siglo XVIII), sí se trata de el rechazo más importante al modelo occidental de desarrollo. La dinastía de los Pahlevi, que continuaba la extensísima línea ininterrumpida de Shahs (reyes de reyes) persas, se caracterizó por sus esfuerzos modernizadores desde arriba.

Debido a su carencia de legitimidad (pues subieron al trono después de un golpe palaciego), el crecimiento económico fue el estandarte principal de esta dictadura. Con la revolución blanca de 1953 comenzó el auge petrolero; la antigua Persia se convirtió en uno de los Estados del Oriente Medio más abiertos a la influencia occidental: desde corrientes de pensamiento ateístas hasta la preeminencia de las compañías petroleras extranjeras. Al dominio anglo-ruso que, de fines del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX, determinó las características de la vida política iraní, siguió la hegemonía económica norteamericana. El régimen de Reza Pahlevi desarrollo una burocracia de estilo occidental, construyó el ferrocarril transiraní y creó industrias estatales, como la alimenticia y textil.

Empresas y gobiernos extranjeros, la casa real persa, los terratenientes cercanos al sha y la corte fueron los principales beneficiarios de esta modernización desde arriba. Por otro lado, los campesinos, los ganaderos nómadas, los comerciantes del bazar y los ulema-terratenientes shiitas se convirtieron en los grandes perdedores. Los grupos ajenos al crecimiento económico occidentalizador se convirtieron en el núcleo de la coalición que derrocó al régimen del sha.

El resultado fue una revolución conservadora que rechazaba los valores de Europa y Norteamérica; la fuente de legitimidad fue el regreso a las raíces del islamismo shiita, que se convirtieron en la base de una nueva sociedad. Los grupos tradicionales reemergieron como estandartes de la defensa de la particularidad iraní en contra del demonio encarnado en una nación. Irán, de pronto, se convirtió en una potencia revolucionaria, que amenazó aún más la estabilidad del Oriente Medio; el régimen de los ayatollahs desarrolló un mesianismo agresivo que encontró en el Irak sunní un nuevo enemigo. En este punto, no podemos negar la influencia del nacionalismo persa y el fundamentalismo shiita (pues las pugnas entre Irán e Irak datan de hace muchos siglos), que se fusionaron para producir una ideología nueva y desestabilizadora en la región.

Si aquel incauto observador hubiera prestado atención a los sucesos que ocurrieron en Persia más de diez años antes de que pronunciara tan temeraria afirmación, se habría dado cuenta que el rechazo a más de un siglo de intervención económica e ideológica de las potencias en el Oriente Medio había provocado una revolución conservadora. El caso iraní es una prueba del fracaso de los intentos de oposición del modelo liberal, capitalista y democrático, por parte de Estados Unidos y Europa. También debería hacernos reflexionar acerca de la posibilidad de reconciliar las ventajas y bondades de la modernidad económica y política, con la conservación de valores, creencias y formas de vida que han moldeado a las sociedades desde hace siglos. La revolución islámica de Irán, del 1 de abril de 1979, desafortunadamente, no me permite ser demasiado optimista.

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Mirador. El radicalismo checheno

. 7/4/10
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Cuando vislumbré la oportunidad de escribir una columna para este blog (hace ya casi un mes), un tema específico me vino a la cabeza: Rusia. Después pensé ser un poco más original. No obstante, en mi afán por contener mi eslavofilia, no he logrado más que verla derramarse en mis dos primeras columnas, como una hamburguesa que se presiona para que le entre en la boca a uno y lo único que consigue es que se chorree la catsup, la mayonesa, alguna rebaba de lechuga y hasta el jalapeño. Para decirlo en pocas palabras; evitar hablar del mundo eslavo, pero sobre todo de Rusia, resulta difícil en estos días, en especial para un eslavófilo férreo como su servidor. Cúlpese, sin embargo, a los hechos que se acaecen día con día, pues hoy Rusia es un país que se encuentra en el ojo del huracán y que en menos de 3 semanas ha arrojado un sinnúmero de noticias singulares a granel. Prometo, pese a todo, ser más original en adelante, como me lo propuse desde un principio.

El pasado 29 de marzo se registraron dos explosiones suicidas en el metro de Moscú; concretamente, en las estaciones de Lubyanka y Park Kultury, con un intervalo de aproximadamente 40 minutos entre ambas. Dos días después, el líder rebelde checheno, Doku Umarov, se atribuyó los ataques. Vamos por partes.

Chechenia es, junto con otras 20 repúblicas, un sujeto federal de la Federación Rusa. Es decir, junto con otras divisiones administrativas (que suman un total de 83), existen 20 repúblicas “autónomas”, que tienen ese carácter jurídico dado que su población es étnicamente distinta a la de Rusia y poseen su propia Constitución, presidente y parlamento. No obstante, forman parte de la Federación. El simple hecho de ser comunidades étnica y lingüísticamente diferentes a la mayoría de las provincias rusas genera, por sí mismo, una tensión inexorable, como es el caso del País Vasco o —en menor grado— Cataluña en España. Yendo más allá, la mayoría de la población chechena es musulmana frente al cristianismo ortodoxo que predomina en Rusia. Otro foco de tensión.

Aunado a ello, existen factores de diseño institucional que acrecientan la tensión. Luego de la crisis de la escuela Beslan, en septiembre de 2004 (asesinato de 300 personas por rebeldes chechenos), el entonces presidente Putin decidió incrementar la presencia del gobierno central en las 83 provincias y formuló una iniciativa que otorgaba mayores facultades al ejecutivo. La iniciativa, hábilmente diseñada, anularía las elecciones para ejecutivos locales en cada una de las provincias (lo cual incluye repúblicas, oblasti, krai, entre otras entidades) con el fin de que las autoridades locales se eligieran ahora desde Moscú. En pocas palabras, desde 2005 ya no hay elecciones locales para elegir gobernadores en Rusia, sólo elecciones parlamentarias, y es el presidente ruso quien tiene la facultad constitucional de elegir al gobernador (o presidente, en el caso de una república). Sin embargo, las dumas (parlamentos) locales deben ratificar al recién ungido, cosa que no preocupa a Moscú puesto que el partido de Putin, Rusia Unida, tiene una abrumadora mayoría en casi todas las provincias (con un aparato de fraude diseñado astutamente por parte del gobierno central, lo cual será motivo de alguna otra columna en el futuro). La repercusión más grande se siente, evidentemente, en las repúblicas autónomas puesto que, a parte de que la autonomía queda violada, el gobierno central podría llegar a imponer elementos ajenos a las características regionales, étnicas, lingüísticas y religiosas. De ahí que haya aún más tensión que la que de por sí asola las praderas chechenas.

Para “acabarla de amolar”, el actual presidente checheno (impuesto, claro, desde Moscú) es Ramzan Kadyrov, un “títere” según los rebeldes chechenos que, al parecer, es el hombre más rico de la región y se ha visto envuelto en casos controversiales de corrupción en apuestas hípicas y hasta escándalos sexuales. Su padre, Ajmad Karymov, también fue presidente tras la creación de la República de Chechenia —antes llamada República Chechena de Ichkeria— en 2003, pero sería asesinado un año después en un bombazo durante un desfile militar.

Un último punto que podría resaltar aún más la tensión que se respira en la nación chechena es el reconocimiento por parte de Rusia de las repúblicas de Osetia del Sur y Abjazia (parte de Georgia) manifestado en 2008 tras una guerra de 9 días en la que Rusia invadió territorio georgiano por intereses meramente económicos: petróleo. Me pregunto si la decisión de Rusia de reconocer la independencia de estas repúblicas no representa una contradicción a su interior y si, además, no era evidente que esa decisión tendría repercusiones como las que se están viendo hoy en día.

No digo que los bombazos de la semana pasada sean producto de este reconocimiento explícito; no obstante, dejo aquí una gama de posibilidades que buscan explicar, en parte, el incidente del pasado 29 de marzo en el metro moscovita. Cada quien elegirá la variable más explicativa para sí o, por qué no, agregará una nueva.

[Sobre el autor: Rainer Matos estudia la licenciatura en Relaciones Internacional en El Colegio de México; también te puede interesar leer su columna sobre "Como en los viejos tiempos".]

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De la lucha desigual entre un Estado y una nación: a cincuenta y un años de la insurrección tibetana

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La búsqueda de una forma específica de nación –el Estado-nación- ha atrapado los deseos, intereses y aspiraciones de un gran número de sociedades. Sin embargo, en un orden internacional dominado por los agentes que monopolizan el uso legítimo de la violencia, puede que no haya luchas más encarnizadas que las que protagonizan un Estado contra una nación. Hace justamente 51 años, un pueblo, una nación histórica de pleno derecho, se rebeló contra el que consideraba su opresor; las consecuencias de las relaciones entre uno de los Estados más imponentes de la tierra y una de sus naciones históricas más simbólicas en términos religiosos sigue dominando el panorama político asiático. Con una proclama de la liberación del pueblo del Tibet de una teocracia opresora, el Ejército de Liberación Nacional, embebido en la doctrina maoísta de la Revolución China, invadió el Himalaya en 1949. Diez años después, en un día como hoy, ocurrió el levantamiento más grande que haya visto el Estado chino hasta ese entonces, por parte de una población no han.

Los reclamos de Beijing sobre la soberanía del territorio tibetano parecen no resistir la prueba histórica. Durante siglos, ambas naciones fueron claramente distintas, a pesar de las relaciones de vasallaje que caracterizaron al sistema asiático hasta el siglo XIX. La penosa reconstrucción de los Estados Ming y Ch’ing implicó una larga marcha hacia el oeste y hacia el norte; presas de los ejércitos han, perdieron en repetidas ocasiones su autonomía las naciones uigur, mongola y tibetana. El triunfo comunista de 1949 parece darnos un ejemplo más de cómo las realidades geopolíticas llegan a superar a las más “bellas” doctrinas ideológicas: MaoZedong decide ocupar el Tibet.

En Beijing, parece que no se toma en cuenta que un monarca teocrático (líder de una comunidad religiosa de las más importantes), una lengua tan antigua como la china, un conjunto impresionante de tradiciones y el sentimiento compartido de pertenecer a una misma comunidad hacen del Tibet una nación histórica de pleno derecho. Después del levantamiento del 10 de marzo de 1959, las políticas de centralización administrativa y política se han abocado a los intentos de sinización de los tibetanos, lo que ha causado graves problemas entre Lhasa y el gobierno central.

Sin embargo, como en muchos casos, se trata de una lucha por demás desigual; las hordas de ingenieros y capitales rapaces de Beijing han inundado el inhóspito territorio tibetano; la tierra de los Lamas ha visto menguadas sus tradiciones poco a poco: destrucción de hermosos templos, represión contra la comunidad de monjes, ferrocarriles que unen la provincia con el resto de China,universidades han. Todo ello ha ido en detrimento de una nación histórica. Con esto no quiero decir que los intentos de modernización sean negativos, sino que se debe tomar en cuenta el principio universal de autodeterminación nacional, por más utópico que resulte.

Lamentablemente, aunque de comienzo aceptado retóricamente, la autodeterminación ha sido siempre un manojo de buenas intenciones, a menos que forme parte de la agenda de alguna gran potencia (como ocurrió en el caso tibetano en 1959). Por más simpatías que jefes de Estado tengan por la comunidad tibetana, ninguno de ellos es lo bastante audaz (o irresponsable) como para retar directamente al Estado chino. Desafortunadamente, en este caso, la nación y el Estado, contrariamente a lo que se enseña en los cursos de ciencia política, no pueden resultar más antitéticos. Hoy, hace diez años, una nación histórica intentó, por última vez, quizá, aplicar el derecho, supuestamente universal, de la autodeterminación de los pueblos.

Es triste que hoy por hoy se juzgue como caso cerrado la colonización, con ejemplos tan evidentes de violaciones de derechos fundamentales como las del Tibet, al que se le unen el pueblo palestino, el pueblo kurdo, el pueblo tamil, entre tantos otros. A cincuenta y un años de la revuelta en el Tibet, parece un buen momento para recomenzar a reflexionar más a fondo sobre la relación entre los conceptos de Estado y nación, así como en la forma en que los pueblos pueden alcanzar su autodeterminación; después de todo, parece tratarse de un principio universal.

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Implicaciones políticas de un golpe de Estado

. 18/8/09
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Son muchas las consecuencias de un golpe de Estado como lo conocemos. Un hecho político de esta índole fue el que sin duda sucedió el 28 de junio de este año en la República de Honduras, en contra del gobierno constitucional y legítimo del presidente José Manuel Zelaya Rosales.

Quisiera en estas reflexiones analizar brevemente las implicaciones políticas del golpe de Estado que ciertos grupos de poder dieron al gobierno de Zelaya. Voy a concentrarme muy específicamente en la metamorfosis que el golpe forzó en la dinámica política hondureña.

Ha quedado claro para la mayoría de los observadores calificados, que la actuación internacional de Zelaya —por supuesto, de su burocracia internacional— ha sido lo que ha mantenido bien cohesionado al gobierno legítimo de aquél país y que ha mantenido vigentes también los apoyos de la comunidad internacional. Las posibilidades de retorno al poder de Manuel Zelaya hoy en día —20 de julio— son muchas y en función de que el apoyo que congregó desde el mismo día del golpe no ha disminuido y de que el “gobierno” de Roberto Michelleti no tiene apoyo más que del mismo sector interno que le ayudó a dar el golpe.

Creo que la principal consecuencia —negativa, por cierto— del golpe de Estado hacia quienes lo dieron fue provocar lo que podemos llamar “politización de las burocracias”. Con anterioridad ha habido en otros países procesos similares y no son más que la politización de las burocracias que sostienen el funcionamiento político de los gobiernos.

Al hablar de burocracias en Honduras, creo necesario señalar que me refiero exclusivamente al servicio exterior hondureño, ya que la otra gran burocracia hondureña es el Ejército y de este no hay plena seguridad de hacia dónde se han inclinado sus preferencias, principalmente porque no las han mostrado y porque son algo apáticos, la mayoría y los que no, se ha visto que apoyaron y sostienen al gobierno de facto.

La politización de la burocracia exterior de Honduras es un hecho importante, derivado del golpe de Estado del 28 de junio y que afecta directamente a quienes desde ese día han intentado establecer un gobierno alterno al de Zelaya. Trataré de explicar con claridad los dos aspectos de esta premisa. Primero quiero definir “politización de la burocracia” como el término que señala la toma de partido o radicalización de los apoyos de los integrantes de una burocracia en cierta opción política. Esto fue lo que sucedió en Honduras y concretamente, con la burocracia exterior hondureña. Podemos demostrar que esta politización que se ha dado con bastante celeridad, fue producto del golpe de Estado.

Como sabemos, todas las representaciones internacionales de Honduras se han mantenido y siguen hasta el día de hoy fieles al gobierno constitucional que las designó y al que representan. En la teoría, las burocracias exteriores representan a los Estados y nada más, es por eso que es el Jefe de Estado el que maneja o incide sobre la política exterior de las naciones. Naturalmente, los Estados no tienen ideologías políticas y quienes los representan tampoco, es producto de la neutralidad de la diplomacia como oficio de negociación y mantenimiento de las condiciones mundiales de paz. Por lo tanto, la diplomacia de una nación representa sólo los intereses de su país, sin que estos tengan que ver nunca —o casi nunca— con idearios políticos, sino más bien con un a veces muy bien camuflado orden internacional.

El golpe de Estado en Honduras hizo que las representaciones de ese país en el mundo se mantuvieran leales al gobierno que los designó, porque es el legítimo representante de la nación hondureña. Sin duda el golpe de Estado fue producto de una polarización política y de la formación de bandos políticos contrarios, uno representado por el gobierno de Zelaya y otro por los opositores a este.

La precipitación del dinamismo político que significa lanzar un golpe de Estado en contra de un gobierno, lleva a que más que lanzarse contra una opción política, quienes hacen el golpe de Estado, atenten directamente contra el mismo Estado y su representación. Así, la burocracia internacional de Honduras que en situación normal no tendría por qué haber tomado partido en esa pugna política entre Zelaya y opositores, se vio obligada a apoyar a Zelaya en tanto depositario de la legitimidad constitucional del Estado y de esa manera, apoyar implícitamente a su opción política.

Dudo que los golpistas tuvieran algún conocimiento de las relaciones internacionales ya que, si esto hubiera sido, bien podrían haber pensado con detenimiento que era necesario para la cristalización de un golpe de Estado tener cuando menos la mitad de la burocracia gubernamental de su lado; esto implica forzosamente, tener de su lado a una parte del servicio exterior, es decir, tener quienes se pudieran arrogar el derecho de representarlos ante otras naciones y de defender sus causas.

Finalizo señalando que una vez dado el golpe, es imposible poder hacerse de apoyo en el servicio exterior, simplemente porque es imposible hacer creer a las burocracias —aunque tengan vida propia— que el orden constitucional puede cambiar nada más por ordenamiento expreso. Quiero decir que dado el golpe y roto el orden constitucionalmente establecido, es imposible para el gobierno de Michelleti, cambiar el modelo de funcionamiento de una maquinaria tan perfecta como la burocracia.

Esto, por supuesto, se deriva de la conclusión común de que si muy aparte de la ruptura de la democracia, que sólo es un ordenamiento político, se rompe también el orden constitucional, entonces se rompe cualquier relacionamiento posible con la burocracia que puede en cierta manera garantizar el éxito de un gobierno de hecho. No digo que el rompimiento con las burocracias sea siempre amenazador, sino que penderá como espada de Damocles mientras el grupo que busque llegar al poder rompa de tajo la constitucionalidad. El orden constitucional no es nada más la manera de funcionar que tienen las burocracias, sino es la única que conocen.

Vuelvo para concluir, a la experiencia española de 1936. El golpe de Estado que dio origen a la Guerra Civil Española estuvo sustentado en la defensa de la constitucionalidad, como único sistema de funcionamiento conocido por el Ejército, una burocracia en última instancia. El golpe de Estado del 28 de junio en Honduras no puede —y espero que el mal tino de los politólogos al predecir no limite este juicio— ni funcionará porque al romper el ordenamiento constitucional, rompieron con toda posibilidad de que la burocracia interna o externa los apoye, porque en los sistemas democráticos, el orden constitucional más que una costumbre y regla de funcionamiento se convierte en dogma cuando se verifica que es la manera menos accidentada de alcanzar conquistas sociales, económicas y políticas para la patria.

Jaime Colorado.

México.

Agosto, 2009.

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Estados Unidos y el África subsahariana, en la revista Ágora

. 14/8/09
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Querido lector espontáneo, ocioso y errado,

El ensayo que leerás en el próximo número de la revista estudiantil "Ágora" acerca de las relaciones entre los Estados Unidos y el África Subsahariana es, básicamente, un intento por rastrear los primeros contactos políticos, económicos e ideológicos que, dentro del esquema mundial de la Guerra Fría, los países africanos establecieron con la superpotencia capitalista de Occidente.

África es el continente que, para algunos estudiosos contemporáneos, se quedó "al borde de la modernidad y del progreso". Durante la década de los años sesenta tales consideraciones no eran significativas para los Estados Unidos: África fue relevante en la medida en que garantizó la presencia económica estadounidense (país siempre preocupado por ampliar sus mercados e inversiones) pero, sobre todo, en cuanto siguió siendo una zona estratégica en la que los soviéticos no intentaron intervenir -aunque lo harían después de los años setenta. En general, las relaciones entre Estados Unidos y África durante estos quince años fueron pacíficas y cumplieron, principalmente, con metas económicas.

Sin embargo, el hecho de que la Unión Soviética se mantuviera algo alejada de los asuntos africanos no significó que los Estados Unidos no tuvieran intereses políticos -y, por lo tanto, fricciones- en la región. Los casos de Ghana y del ex Congo belga (hoy República Democrática del Congo o Congo-Kinshasa) ejemplifican dos situaciones en las que los Estados Unidos se vieron obligados a intervenir políticamente para cambiar dos regímenes que les eran poco favorables y que, en la lógica de la estadounidense de la Guerra Fría, podían entonces serlo para el bloque soviético.

Los países africanos, preocupados por beneficiar de cierta cooperación económica, permitieron a los Estados Unidos gozar de un amplio margen de maniobra en el continente, de tal suerte que Occidente mantuvo a raya los intereses soviéticos durante algunos años, a la vez que dificultó de sobremanera el desarrollo mismo en términos económicos y políticos de los nuevos estados subsaharianos.

Para leer el ensayo de Diego Michel Macías Woitrin, da clik aquí.

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